sábado, 15 de diciembre de 2012

Ellas me hacen a ti.

Créeme cuando te digo que ya no es por mí, sino por ellas.
Se las ve enfermas, nadando en las arroyadas, arrastradas por corrientes superficiales cuando quisieran ser ancla.
Sus rojo intenso es ahora una mezcla de ocre y sangre que amanece sin ti. Como siempre.
Me han dicho que no te diga nada, porque aunque son tuyas no las reconoces.
Ellas emanan de ti, de tus poros y entonces son festivas, sensuales, luminosas.
Pero las escondes detrás de la cortina para no oír como te bailan el agua.

Dolidas en su orgullo vienen a mí y me hacen madre adoptiva.
A mí. A quien no sabe nada de ti.
Las hago mías o ellas me hacen a ti. Todavía no lo sé.
Empiezo a verte, a saber de tu sonrisa de medio lado, a imaginar como sería emanar yo también de tu saliva, de tus heridas y supurar contigo.

Y como yo ya deseo ser de ti ellas ya anidan en mi espalda.
Y me tatúan nuestras sílabas, futuras nostalgias.
Y se vuelven alas que  a cierta altura me degradan.
A mí y a mis letras. A ambas que nacimos de tus manos.

Se ríen de mí. Dicen que si ellas no son tu santuario me dolerán en el alma.
Que si tus pasiones no son ellas, serán alcohol en la herida para que tanto ellas como yo no olvidemos que por ti somos una sola que por ti no deja de escribir

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